Premios Nobel de Medicina 2026: ¿Estarán a la altura de los Nobel del año pasado?

La Asamblea Nobel resolvió distinguir este año a Mary E. Brunkow, Fred Ramsdell y Shimon Sakaguchi por una serie de investigaciones que abrieron un capítulo inédito dentro de la inmunología. El Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2025 reconoce sus descubrimientos sobre la tolerancia periférica inmunitaria, un mecanismo que explica por qué nuestras defensas, en condiciones normales, no se vuelven contra el propio organismo.

El anuncio no es de ahora, sino que se realizó el 6 de octubre del año pasado, hace casi un año. Se trata, sin dudas, de un reconocimiento largamente esperado: los aportes de los tres científicos permitieron entender desde el origen de las enfermedades autoinmunes hasta el diseño de terapias de vanguardia contra el cáncer.

Dentro de cada persona opera, sin descanso, una fuerza de defensa. Millones de células circulan por el torrente sanguíneo con la misión de reconocer y eliminar patógenos, toxinas y cualquier elemento extraño que no debería estar allí. Es una de las construcciones más asombrosas de la evolución: capaz de identificar una variedad casi infinita de amenazas y de mantenernos con vida frente a una naturaleza que no perdona.

Lo notable es que, pese a esa capacidad descomunal, este ejército rara vez confunde al enemigo con las propias células del cuerpo. Ese equilibrio se conoce como tolerancia, y es lo que evita que la mayoría de las personas desarrolle enfermedades autoinmunes.

Ahora bien, dirigir semejante batallón no es sencillo. El sistema no ve ni escucha, de modo que necesita una logística precisa para actuar donde y cuando corresponde. Los “ojos” de esa estructura son las células presentadoras de antígenos, especializadas en detectar los componentes de un invasor. Estas células devoran al virus, bacteria, hongo o toxina y lo fragmentan en pequeñas piezas llamadas antígenos, que funcionan como una suerte de documento de identidad del intruso.

Con esos fragmentos en su poder, la célula presentadora los exhibe en su superficie, a la vista del resto del sistema. Así, otras células defensivas —los linfocitos T— reconocen al enemigo y proceden a destruirlo.

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El inconveniente aparece cuando ciertos antígenos se parecen demasiado a los que llevan nuestras propias células. Si un linfocito T los interpreta como una amenaza, puede empezar a atacar al organismo que debería proteger. Ese fenómeno, la autoinmunidad, está en la base de dolencias tan distintas como la esclerosis múltiple, la diabetes tipo I o la artritis reumatoide.

Para evitar ese desenlace, existe un filtro que comienza con el propio nacimiento de las células T. Estas se generan en la médula ósea y viajan luego al timo, un órgano ubicado entre el corazón y el esternón. Allí rinden un examen a vida o muerte, la llamada tolerancia central: si reconocen algún antígeno propio del cuerpo, mueren; si no lo hacen, sobreviven. De ese modo, el organismo descarta a los linfocitos capaces de volverse en su contra.

Durante mucho tiempo se creyó que ese control alcanzaba para blindar al cuerpo. Sin embargo, el trabajo de los tres premiados demostró lo contrario: algunos linfocitos T logran sortear el examen y terminan circulando en la sangre.

El médico japonés Shimon Sakaguchi advirtió que, al extirpar el timo de un ratón, el animal desarrollaba enfermedades autoinmunes. Pero si a ese mismo ratón sin timo se le inyectaban linfocitos T provenientes de otro que sí lo conservaba, la enfermedad no aparecía. La conclusión resultaba ineludible: debía existir otro sistema que impidiera que las defensas se descontrolaran.

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Tras años de investigación, Sakaguchi identificó un receptor al que bautizó CD25, presente solo en un grupo reducido de linfocitos T. Comprobó que, al inyectar las células que portaban ese receptor, los ratones permanecían sanos, mientras que las restantes provocaban la enfermedad. A ese grupo lo denominó linfocitos T reguladores, o Treg. El hallazgo suponía un giro tan profundo en la disciplina que buena parte de la comunidad científica lo recibió con escepticismo.

Fue entonces cuando entraron en escena Mary E. Brunkow y Fred Ramsdell, dedicados a estudiar un ratón conocido como scurfy —algo así como “escamoso”, por el aspecto de su piel—. El animal padecía una enfermedad autoinmune desconcertante: tenía un timo perfectamente formado, pero algo no funcionaba. En los seres humanos existe un cuadro equivalente, el síndrome IPEX, que provoca eccemas severos, diabetes, diarrea y otros trastornos autoinmunes.

Al analizar el genoma del roedor, los investigadores detectaron una mutación en el cromosoma X, dentro de una región que albergaba una veintena de genes. Revisando uno por uno, dieron con el responsable en el último de la lista, al que llamaron Foxp3. Luego rastrearon esa misma mutación en pacientes con síndrome IPEX y allí estaba, provocando el desorden inmunológico.

Con ambos descubrimientos sobre la mesa —las células CD25 positivas y el gen Foxp3—, la ciencia se abocó a desentrañar cómo funcionan estas células. Cuando un linfocito T no supera el examen y comienza a atacar tejidos propios, las Treg (CD25) se ubican junto a él y, mediante señales químicas y contacto directo, lo apaciguan para que cese la agresión. Gracias a ese control, el organismo puede mantener más células de vigilancia activas sin correr el riesgo de dañarse.

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Hoy ese conocimiento se traduce en tratamientos concretos. Para frenar enfermedades autoinmunes o prevenir el rechazo de trasplantes, se busca aumentar el número de Treg: ya sea inyectando factores de crecimiento que las multipliquen, o extrayéndolas del paciente, cultivándolas en laboratorio y reinyectándolas.

En la lucha contra el cáncer, la lógica se invierte. Algunas células tumorales emiten señales que engañan a las Treg para que impidan que los linfocitos T las reconozcan y las eliminen. De ahí que una de las estrategias en estudio apunte, justamente, a reducir la cantidad de Treg para liberar la ofensiva contra el tumor.

Por estos avances, que ya salvaron y seguirán salvando incontables vidas, el Nobel llega como un reconocimiento a una de las ramas más fascinantes de la inmunología: la que aprendió a comandar ese pequeño ejército personal que todos llevamos dentro y que, gracias a estos investigadores, hoy devuelve la esperanza a miles de pacientes en el mundo.

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El próximo galardón ya tiene fecha: el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 se dará a conocer oficialmente el lunes 5 de octubre de 2026.

Como marca la tradición de la Fundación Nobel, los nombres de los nominados permanecen bajo estricta reserva durante medio siglo, de modo que no existe un listado público oficial de los candidatos de este año.

Aun así, especialistas en biomedicina y las tradicionales quinielas científicas internacionales —como los Citation Laureates que elabora Clarivate— ya adelantan cuáles podrían ser las revoluciones médicas con mayores chances de subirse al podio.

GLP-1 y la revolución metabólica de Ozempic: los descubridores de los péptidos similares al glucagón tipo 1 —entre ellos Svetlana Mojsov, Jens Juul Holst y Daniel J. Drucker—, piezas clave en los tratamientos contra la obesidad y la diabetes.

Orexina y narcolepsia: los estudios sobre los péptidos de la orexina, también conocida como hipocretina, y su papel decisivo en la regulación del sueño y en los trastornos asociados.

Terapia CAR-T: los avances en inmunoterapia celular que reprograman los linfocitos del propio paciente para combatir distintos tipos de cáncer.

Tomografía de coherencia óptica (OCT): las innovaciones en imagen diagnóstica de alta resolución aplicadas a la oftalmología y al estudio de la retina.

Integrinas y adhesión inmune: los hallazgos sobre cómo las células dialogan con su entorno extracelular y con el sistema inmunitario.

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