Cómo Uruguay edificó una red eléctrica limpia blindada frente a los shocks globales

El sistema eléctrico uruguayo opera desde hace años con un margen de energías renovables que roza la totalidad. Según cifras oficiales del Ministerio de Industria, Energía y Minería (MIEM), en 2024 el 99% de la generación provino de fuentes limpias, con una producción récord de 14.358 GWh.

Esa performance sitúa al país, en la medición de la red REN21, en el sexto lugar global en generación renovable, junto a Dinamarca, Portugal, Alemania, Lituania y Grecia. Distintos observadores internacionales han descrito esa matriz con una etiqueta que se repite: Una de las redes eléctricas más limpias del mundo.

Esa condición no existía hace dos décadas. Antes de 2008, aproximadamente la mitad del abastecimiento energético total dependía de combustibles fósiles importados, con un peso que en algunos ejercicios superó el 2% del producto interno bruto. El petróleo por sí solo representaba un 55% del suministro energético, según registros del centro Yale Climate Connections. La vulnerabilidad frente a los precios internacionales era estructural: cualquier disrupción en los mercados globales se trasladaba de inmediato a los costos internos y a la balanza comercial.

El cambio de rumbo se institucionalizó en 2010, cuando era presidente José Mujica, con un acuerdo multipartidario que eliminó sesgos y subsidios a los proyectos fósiles. Los contratos de generación se abrieron a plazos más largos y a una competencia centrada en el costo de instalación y suministro.

La apuesta no se diseñó para abaratar la factura en el corto plazo, sino para sustituir importaciones volátiles por recursos autóctonos. La transformación se reflejó en los números: los combustibles fósiles alcanzaron su pico en ~40% en 2010, si bien las series estadísticas matizan que el pico de dependencia fósil había sido mayor antes de esa fecha, cercano al 50-55% del total energético.

La arquitectura actual de la generación eléctrica se apoya en cuatro pilares. La hidroelectricidad encabezó la producción de 2024 con un 42% del total, seguida por la eólica con un 28%, la biomasa con un 26% y la solar con un 3%. La fórmula permite que, cuando las represas reducen su aporte en períodos secos, la combinación de viento y biomasa sostenga la cobertura.

La biomasa otorga un atributo que no poseen ni el sol ni el viento: es despachable, es decir, se puede activar de manera continua e independiente de las condiciones meteorológicas. Esa cualidad resultó decisiva para que la red mantuviera una confiabilidad por encima del 98% con origen renovable.

La entrada en operaciones de la planta de celulosa de Paso de los Toros añadió una central de biomasa de 110 megavatios que volcó energía firme al sistema interconectado. El efecto se notó en la composición del consumo total del país: la biomasa llegó al 36%, mientras que los derivados del petróleo bajaron al 35%.

La lógica quedó sintetizada en una frase que circula entre analistas: hidroeléctrica, junto con eólica y biomasa es una buena combinación para una confiabilidad y una generación más limpia. La ecuación refleja que la diversificación de fuentes autóctonas anuló el riesgo de apagones por falta de combustible importado.

Al cierre de 2024, la generación con origen fósil representó apenas el 1%, lo que hace que la afirmación “Hoy ~2% de combustibles fósiles” se quede incluso corta frente al dato oficial. Esa cifra marginal confirma que la matriz dejó de estar expuesta a los vaivenes del crudo, el gas o el carbón. Las interconexiones con Argentina y Brasil, pensadas originalmente como un respaldo, cambiaron de signo: Uruguay pasó de ser un importador neto de electricidad a exportar 2.026 GWh en el mismo ejercicio.

La estabilidad del suministro no se tradujo en tarifas bajas. A finales de 2025 el precio residencial se situó en 0,261 dólares por kWh, muy por encima del promedio mundial de 0,174 dólares, según la base GlobalPetrolPrices. Un relevamiento de la consultora SEG Ingeniería correspondiente a agosto de ese año ubicó el valor en 269 dólares por MWh, el más alto de América Latina, frente a los 68 dólares de Paraguay. La tarifa residencial uruguaya es, por tanto, la más cara de la región.

El dato no es un accidente; la estrategia energética priorizó otros objetivos. Uruguay optimizó por independencia, resiliencia y confiabilidad, no por el costo más bajo. El diseño de las subastas y los contratos buscó asegurar un flujo de generación predecible con recursos propios, eliminando la exposición a los choques de precios de los combustibles.

El resultado fue una red que eliminó choques en precios de combustible, dependencia de importaciones e inestabilidad del sistema. El factor de emisión de CO₂ del Sistema Interconectado Nacional cayó a 7 toneladas por GWh, un 88% menos que en 2023, el registro más bajo en una década.

Esa resiliencia se comprobó en escenarios externos adversos. Mientras otras economías sufrían espirales inflacionarias por el costo de la energía tras la invasión rusa a Ucrania, el mercado eléctrico uruguayo operó sin sobresaltos. La combinación de generación hidroeléctrica, eólica y biomasa permitió atravesar sequías sin recurrir a importaciones de emergencia. La capacidad de exportación a Brasil y Argentina se mantuvo activa, monetizando los excedentes renovables.

La matriz uruguaya incorporó una porción todavía pequeña de generación solar, con un 3% en 2024, y el almacenamiento a escala de red no está desarrollado. Sin embargo, la tendencia global de costos de las tecnologías renovables y las baterías sugiere una dirección clara. Tal como se proyecta desde varios centros de análisis, a medida que eólica, solar y almacenamiento escalen, el costo bajará.

La red eléctrica uruguaya muestra que la confiabilidad puede sostenerse sin combustibles fósiles y sin depender de las cadenas globales de suministro energético. La clave reside en haber sustituido importaciones volátiles por un parque generador diversificado, con un respaldo firme de biomasa y con reglas contractuales que premiaron la seguridad de abastecimiento. La tarifa alta es el costo visible de ese blindaje; la ausencia de crisis eléctricas, el retorno menos evidente.

Mientras la transición continúa, el país retiene una posición de exportador neto y mantiene el factor de emisión más bajo de su historia. La combinación de recursos propios y políticas de largo plazo configura un sistema que no necesita ajustarse cada vez que el mercado internacional del petróleo se tensa. Esa desconexión de la volatilidad externa define, en los hechos, la resiliencia de la red uruguaya.

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