El último informe oficial basado en la Encuesta Continua de Hogares establece que la pobreza en Uruguay alcanzó el 16,6% de las personas durante 2025. Este valor implica una reducción respecto al año anterior, cuando el indicador se ubicaba en 17,3%. En términos absolutos, el descenso representa una variación moderada, pero sostenida, en la proporción de población bajo la línea de ingresos considerada mínima para cubrir necesidades básicas.
La medición se apoya en el método del ingreso, que compara los recursos de los hogares con la línea de pobreza y la línea de indigencia. La primera contempla una canasta ampliada de bienes y servicios, mientras que la segunda se restringe a requerimientos alimentarios. Cuando un hogar queda por debajo de estos umbrales, todos sus integrantes son clasificados dentro de esa condición.
En el análisis por unidades domésticas, el 13,2% de los hogares se encuentra en situación de pobreza, lo que confirma una mejora paralela a la observada en el nivel individual. Sin embargo, el comportamiento de la indigencia no replica esta tendencia, ya que se ubica en 1,7% de las personas y 1,3% de los hogares, mostrando un leve incremento frente al período previo.
Durante el primer semestre de 2025, los registros marcaban niveles superiores: 17,7% de pobreza en personas y 13,9% en hogares. La comparación con el dato anual permite inferir una trayectoria descendente a lo largo del año, aunque sin cambios abruptos.
Este descenso en la pobreza se presenta como un ajuste gradual más que como una reversión estructural. La variación interanual confirma una reducción, pero dentro de márgenes acotados, lo que sugiere estabilidad relativa en los determinantes del ingreso.
En paralelo, el aumento de la indigencia introduce un matiz en la lectura general. Mientras una parte de la población logra superar el umbral mínimo ampliado, otra permanece o ingresa en niveles más críticos de privación, lo que indica una distribución heterogénea de la mejora.
El informe evidencia diferencias marcadas según grupos etarios. La pobreza infantil continúa concentrando los valores más elevados: 29,1% en niños de 0 a 5 años, 27,3% entre 6 y 12 años y 26,5% en adolescentes de 13 a 17. Estas cifras contrastan con el 15% en adultos y el 6% en mayores de 65 años.
La brecha generacional muestra una estructura donde los menores de edad presentan una probabilidad significativamente mayor de vivir en hogares con ingresos insuficientes. Este patrón se mantiene consistente con mediciones anteriores.
En términos comparativos, la incidencia decrece a medida que aumenta la edad, configurando un esquema donde la población económicamente activa y, especialmente, los adultos mayores registran niveles más bajos de pobreza.
Las diferencias también se observan en la composición de los hogares. Aquellos encabezados por mujeres presentan una incidencia de 16% de pobreza, frente al 9,7% en hogares con jefatura masculina. Esta divergencia se mantiene como una constante dentro de la estructura social analizada.
Por otra parte, el origen étnico-racial introduce otra dimensión de desigualdad. Las personas identificadas como afrodescendientes registran un 28,7% de pobreza, mientras que en la población blanca el indicador se sitúa en 14,9%.
Estos contrastes evidencian que la reducción global del indicador no se distribuye de manera uniforme entre los distintos grupos, manteniéndose brechas significativas en variables estructurales.
El análisis geográfico muestra una concentración más elevada de pobreza en el norte del país y zonas de frontera. Departamentos como Artigas, Salto, Paysandú, Rivera, Cerro Largo y Treinta y Tres presentan niveles que oscilan entre el 15% y el 23,9% de hogares pobres.
En contraste, departamentos como Colonia, San José, Flores y Maldonado registran incidencias inferiores al 9%, consolidándose como las áreas con menor proporción de hogares bajo la línea de pobreza.
Montevideo presenta un comportamiento particular en materia de indigencia, con un 2,3%, superando al interior del país, donde el indicador alcanza el 1,3%. Esta diferencia señala dinámicas específicas en la capital, especialmente en los segmentos más vulnerables.
La reducción de la pobreza en 2025 se inscribe en una tendencia de mejora moderada, sin cambios disruptivos en la estructura social. La caída de 0,7 puntos porcentuales respecto a 2024 confirma una evolución favorable, aunque de alcance limitado.
Al mismo tiempo, la persistencia de niveles elevados en la pobreza infantil, junto con el aumento de la indigencia, sugiere que los avances no abarcan de forma homogénea a toda la población. La coexistencia de mejora y estancamiento en distintos segmentos define el escenario actual.
El informe se centra exclusivamente en la medición monetaria, por lo que no incorpora variables vinculadas a condiciones de vida más amplias. En este contexto, la lectura de los datos requiere considerar que la pobreza por ingresos constituye solo una dimensión dentro del análisis socioeconómico.