El presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, llegó a Barcelona el viernes 17 de abril con una agenda concentrada en menos de 48 horas y un mandato político claro: instalar la perspectiva de los países periféricos en un foro donde las grandes potencias suelen dominar el relato. La ocasión fue la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, convocada por el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, en la ciudad catalana, con la participación de 19 jefes de Estado y de gobierno provenientes de América Latina, el Caribe, África y Europa.
El viaje tuvo una primera turbulencia antes de partir. La existencia de dos eventos simultáneos en Barcelona —la cumbre de mandatarios y la Movilización Progresista Global, plataforma político-partidaria impulsada por el Partido Socialista Obrero Español— abrió un debate en Montevideo sobre los alcances constitucionales del rol presidencial en política exterior. El senador del Partido Colorado Andrés Ojeda calificó de «sumamente inconveniente» la eventual presencia de Orsi en el segundo evento y amenazó con retener la venia parlamentaria requerida para la ausencia del mandatario por más de 48 horas.
Orsi resolvió la controversia con un argumento explícito. Declaró que participar en el encuentro de partidos lo colocaría «muy en el borde de lo que la Constitución habilita» y optó por limitarse a la cumbre de jefes de Estado. El Senado aprobó la venia por unanimidad y sin debate. La representación uruguaya en la Movilización Progresista Global quedó en manos del presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira.
El foro al que asistió Orsi no es un evento nuevo. La iniciativa arrancó en Nueva York en 2024, tuvo su segunda edición en Santiago de Chile en julio de 2025 —donde el entonces presidente chileno Gabriel Boric actuó como anfitrión junto a Lula da Silva, Gustavo Petro y el propio Sánchez— y ahora completó su cuarta iteración en territorio español. El canciller uruguayo Mario Lubetkin, quien integró la delegación junto al secretario de Presidencia Alejandro Sánchez, describió el proceso como algo más que una sucesión de encuentros: «Para nosotros no es una cuestión de palabras, sino un proceso que se inició en Nueva York, que siguió en Santiago y que ahora tendrá un tercer momento».
El evento no estuvo libre de tensiones domésticas en España. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, describió la cita como una «reunión de narcoestados». Sánchez respondió con una disculpa pública dirigida al mandatario brasileño, en un intercambio que reflejó el nivel de polarización política que rodea este tipo de iniciativas dentro del propio país anfitrión.
La nómina de participantes incluyó, además de Orsi, Lula y Petro, a la presidenta de México Claudia Sheinbaum, al presidente de Sudáfrica Cyril Ramaphosa, al presidente del Consejo Europeo António Costa, al gobernador de Minnesota Tim Walz, a la premio Nobel de la Paz Maria Ressa y al expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, entre otros líderes de Albania, Barbados, Lituania, Malta, Senegal, Cabo Verde, Eslovaquia, Ghana e Irlanda.
La intervención del mandatario uruguayo en el plenario no se limitó a reivindicar la democracia en términos abstractos. Orsi eligió apuntar a lo que denominó una contradicción central del presente: «La humanidad va a gastar más dinero en destruirse de lo que jamás ha gastado en su historia. Y, simultáneamente, va a reunirse en distintos foros a hablar de paz, de democracia y de desarrollo sostenible». Desde ese diagnóstico, cuestionó el funcionamiento del sistema internacional no como una anomalía sino como una consecuencia lógica de su diseño: «No está fallando: está respondiendo exactamente para lo que fue diseñado».
El eje de su argumento fue la posición de los estados de menor tamaño frente a decisiones que se adoptan sin su participación. «Los países pequeños no tenemos el lujo de la indiferencia. Cada decisión que se toma en los grandes centros de poder llega a nuestras costas sin que hayamos participado en tomarla», afirmó. Esa premisa fue la que articuló su postura sobre el multilateralismo: no como un conjunto de consensos a preservar, sino como un sistema a reformar. «No venimos aquí a repetir consensos. Venimos a señalar lo que el consenso omite», dijo.
El discurso vinculó además las tensiones globales con efectos concretos sobre la economía uruguaya, desde el productor exportador hasta el empleo y el ingreso familiar, en una operación retórica que conectó el debate geopolítico con la realidad doméstica. El cierre fue categórico: «Decimos fuerte y claro: Democracia y siempre».
Terminada la sesión plenaria, Orsi mantuvo reuniones bilaterales con Sánchez y con Sheinbaum. También tuvo un intercambio con Petro. Sobre el encuentro con Sánchez, la Presidencia de la República informó que la reunión «permitió reafirmar la importancia del vínculo entre Uruguay y España, así como el compromiso compartido con la democracia, el diálogo y la cooperación internacional». En Instagram, Orsi publicó sobre sus intercambios con los mandatarios de la región: «Nos encontramos para hablar de lo que nos duele y lo que podemos hacer juntos en la región».
El encuentro con Ramaphosa fue señalado por la cancillería uruguaya como un capítulo de apertura hacia el continente africano en términos comerciales. Lubetkin lo describió como clave para «el desarrollo de relaciones comerciales con ese continente», en línea con la estrategia de inserción internacional que el gobierno ha definido como prioritaria.
La visita incluyó además un recorrido por el Barcelona Supercomputing Center, el centro nacional de supercomputación de España, que abrió sus instalaciones especialmente para el mandatario. La Cancillería presentó ese tramo de la agenda como parte del interés uruguayo en fortalecer vínculos en áreas de innovación tecnológica y conocimiento aplicado. La jornada cerró con un saludo a la comunidad de uruguayos residentes en Barcelona. El regreso a Montevideo estaba previsto para la madrugada del domingo 19, alrededor de las 4:15.