Especialistas del Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN) y del Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) coincidieron en un conversatorio titulado “¿Existe una masculinidad trumpista? Manósfera ultraderecha y redes digitales” que el capitalismo avanzado genera entre algunos varones sentimientos de frustración, resentimiento, ira o miedo. Dichas emociones, explicaron, derivan de transformaciones sociales y políticas donde el rol tradicional de la masculinidad ha perdido fuerza relativa.
Los académicos descartaron la existencia de una categoría específica denominable “masculinidad trumpista”. No obstante, señalaron que ciertos grupos conservadores que se perciben amenazados por estos cambios han optado por respaldar liderazgos de ultraderecha. Entre los casos mencionados figuran el presidente de Estados Unidos, Donald Trump; el mandatario argentino, Javier Milei; y el ex presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Según los investigadores, dichos líderes encarnan la figura del hombre exitoso, el empresario eficaz, autosuficiente y capaz de resolver, un ideal que algunos sectores buscan recuperar.
La investigadora Ana Costa, del Cieg, afirmó que las personas que se identifican con la masculinidad que muestra Trump lo reconocen como el “macho alfa”, concepto utilizado desde su campaña electoral. Paralelamente, su oponente en aquel proceso, Hillary Clinton, fue construida discursivamente como la representante de un feminismo percibido como opresivo para los varones. Costa añadió: “Una supuesta guerra contra los hombres desde el feminismo, pero fue una política masculinista de la ultra derecha contemporánea”.
El doctor en Derecho y Género sostuvo que se trata de una fantasía de un modelo de subjetividad ideal enraizado en las culturas occidentales y “por la insuficiente garantía de cumplir los derechos prometidos por los proyectos de izquierda”. En la misma línea, el doctor en Filosofía Axel Rivera Osorio consideró que el denominador común de esa masculinidad es la creencia de que su propio mundo se encuentra amenazado. Los varones que adhieren a esta perspectiva temen escapar del derrumbe de no ser un hombre de verdad y no soportan la idea de quedar relegados.
Rivera Osorio vinculó este fenómeno con los resultados de las elecciones de 2024 en Estados Unidos. Los hombres blancos que votaron por Trump, explicó, experimentan frustración por la incapacidad de encarnar el ideal masculino del sueño americano. El conversatorio organizado por el CISAN subrayó que Trump encarna al sujeto que no se deja limitar por nada ni por nadie, según coincidieron los participantes.
Los especialistas señalaron que el capitalismo avanzado crea lo que denominaron “patologías” entre varones que sienten frustración, resentimiento, ira o miedo. Dichas patologías surgen como respuesta a cambios sociales y políticos donde la masculinidad tradicional parece haber perdido fuerza. Frente a este escenario, grupos conservadores que se sienten amenazados han optado por avalar liderazgos de ultraderecha como los mencionados.
En el marco de los estudios sobre la manósfera y las masculinidades contemporáneas, la ideología incel (celibato involuntario) ha recibido creciente atención académica. Investigaciones recientes, sin embargo, presentan interpretaciones conceptualmente problemáticas, particularmente en lo relativo al uso del concepto de masculinidad hegemónica. Raewyn Connell (2015) define este concepto como “la configuración de la práctica de género que incorpora la respuesta aceptada, en un momento específico, al problema de la legitimidad del patriarcado” (p. 112).
Connell precisa que se trata de una forma de masculinidad que garantiza —o pretende garantizar— la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres mediante su articulación con el poder político, económico, social y cultural. Para que exista hegemonía, señala Connell, debe haber correspondencia entre el ideal cultural y el poder institucional, cuya característica principal es el éxito en reclamar autoridad legítima.
James Messerschmidt (2018) insiste en que cualquier reformulación del concepto de masculinidad hegemónica debe preservar su carácter relacional y, sobre todo, su función legitimadora. Dicho concepto no se reduce a una relación de dominación directa, sino que opera como un patrón cultural que legitima las desigualdades de género y las presenta como naturales o deseables.
Stu Lucy (2024) sostiene que algunas investigaciones empíricas sobre masculinidades alfa e incels incurren en una aplicación deficiente del concepto de masculinidad hegemónica, al omitir sus dimensiones legitimadoras y relacionales. Según Lucy, ni la ideología incel ni las llamadas masculinidades alfa pueden considerarse hegemónicas. El ámbito de acción de los incels suele limitarse a espacios cerrados de la manósfera, sin capacidad real de incidencia institucional o cultural amplia.
Por su parte, los hombres alfa —definidos principalmente por su éxito sexual o romántico— no garantizan una posición de hegemonía social, sino que reproducen normas patriarcales ya existentes sin ejercer liderazgo estructural. Para comprender la lógica interna de la ideología incel, algunos académicos recurren a la teoría de la dominación masculina de Pierre Bourdieu (2019). Bourdieu describe que los hombres alfa funcionan como depositarios de capital simbólico, mientras que las mujeres aparecen como objetos que contribuyen a su reproducción.
El autor francés señala: “las mujeres operan como símbolos cuyo sentido se constituye al margen de ellas, reforzando el capital masculino”. La ideología incel se caracteriza entonces por una ironía central: desprecia a los hombres alfa mientras defiende la estructura patriarcal. Lindsay (2021) subraya que los incels, pese a su resentimiento, desean encarnar una masculinidad que no pueden alcanzar.
La frustración de los incels se traduce en violencia simbólica y, en algunos casos, física contra mujeres y contra los hombres alfa que los excluyen. El uso indiscriminado del concepto de masculinidad hegemónica, advierten los especialistas, oscurece esta dinámica y dificulta una comprensión adecuada de la violencia de género asociada al fenómeno incel. La teoría de la dominación masculina de Bourdieu ofrece, en cambio, un marco más sólido para analizar estas prácticas y sus efectos sociales.
El conversatorio del CISAN y los análisis posteriores coinciden en que resulta importante analizar las interpretaciones para erradicar efectos sociales derivados de estas ideologías. No obstante, los académicos evitan prescribir soluciones y se limitan a describir los mecanismos de legitimación y reproducción de las desigualdades. La masculinidad como construcción cultural sigue siendo objeto de debate en las ciencias sociales contemporáneas.
Los investigadores consultados subrayan que el fenómeno incel y los liderazgos de ultraderecha comparten un sustrato común: la percepción de amenaza ante la pérdida de privilegios históricos. Sin embargo, advierten que no deben equipararse directamente, pues operan en escalas y ámbitos distintos. Mientras los liderazgos políticos ejercen poder institucional, los incels se mueven en espacios cerrados de la manósfera sin incidencia estructural amplia.