El grado inversor de Uruguay: por qué las calificadoras internacionales recomiendan invertir en el país

Uruguay mantiene, en 2026, calificaciones de grado inversor emitidas por las cinco principales agencias que analizan el riesgo soberano a nivel global. Standard & Poor’s asigna al país una nota de BBB+ con perspectiva estable. Moody’s la ubica en Baa1, también con perspectiva estable. Fitch y DBRS Morningstar sostienen una calificación BBB, igualmente estable. La agencia japonesa R&I ratifica la misma banda. Ninguna de estas notas está en zona especulativa. Todas están, en distintos grados, por encima del umbral mínimo que separa el grado de inversión del territorio de los llamados bonos basura.

Ese umbral funciona de manera precisa: para S&P y Fitch, el piso del grado inversor es BBB−. Para Moody’s, es Baa3. Uruguay se encuentra, según la mayoría de estas agencias, dos escalones por encima de ese mínimo. En términos históricos, ese posicionamiento representa el nivel crediticio más alto que el país ha alcanzado desde que comenzó a ser evaluado por estos organismos.

El proceso de ascenso no fue lineal ni inmediato. Uruguay ingresó al grado inversor de Moody’s en 2012, cuando pasó de Ba1 a Baa3. Durante los años siguientes, las calificaciones permanecieron estables en ese rango mínimo. Fue recién a partir de 2021 que comenzó una secuencia de mejoras: Fitch corrigió su perspectiva a estable, R&I subió a BBB+, DBRS Morningstar elevó su nota a BBB, S&P ascendió a BBB+ en 2023 y Moody’s completó el ciclo con la suba a Baa1 en 2024.

Las agencias describen un conjunto de variables comunes para justificar sus decisiones. Moody’s, en su más reciente ratificación de enero de 2026, señala que la calificación «refleja altos niveles de ingresos, instituciones sólidas y una gobernanza eficaz, lo cual se evidencia en las reformas fiscales y monetarias en curso». La misma agencia destaca «la baja exposición al riesgo político y de eventos externos, respaldada por un estrecho déficit de cuenta corriente y elevadas reservas de divisas».

Fitch, por su parte, apoya su BBB en «un PIB per cápita relativamente alto, fuertes indicadores de gobernanza y sólidas finanzas externas». En su informe de septiembre de 2025, la agencia añade que el país registra «avances en la reducción estructural de la inflación y la mejora de la credibilidad de la política monetaria», con el IPC dentro del rango de tolerancia y las expectativas del mercado convergiendo hacia la meta del 4,5%. S&P fundamentó su suba a BBB+ en 2023 en la «política fiscal más robusta» y en el cumplimiento de la regla fiscal durante cuatro ejercicios consecutivos.

Los tres informes recientes coinciden en un punto que las propias agencias subrayan: la continuidad institucional por encima de los ciclos electorales. El hecho de que gobiernos de distinto signo ideológico hayan mantenido sin interrupción los marcos de política monetaria y fiscal es leído como una señal de estabilidad estructural, no coyuntural.

Ninguna de las calificadoras omite señalar limitaciones. Fitch enumera con precisión los factores que contienen la nota: «perspectivas moderadas de crecimiento económico a medio plazo, una carga de deuda pública que se eleva por encima de la mediana BBB y es sensible a los movimientos de los tipos de cambio, un largo historial de alta inflación, y la flexibilidad política limitada por la dolarización, la indexación y la profundidad financiera superficial». La agencia proyecta un déficit del 4,1% del PIB para 2026 y estima que la consolidación fiscal no comenzará hasta 2027, y a un ritmo más lento que el previsto por el gobierno.

Moody’s reconoce en sus informes que el crecimiento económico entre 2015 y 2019 fue débil y que factores externos como la pandemia, una sequía histórica y el desvío de consumo hacia Argentina por diferencias cambiarias impactaron sobre las cuentas públicas. La agencia considera que el manejo fiscal durante esos episodios fue «responsable», aunque no omite que esos eventos deterioraron temporalmente los indicadores de déficit.

El investment grade no opera como un reconocimiento simbólico. Sus efectos sobre la economía son medibles. El primero y más directo es el costo del financiamiento soberano: un país con calificación dentro del grado inversor accede a tasas de interés más bajas en los mercados internacionales de deuda soberana, porque el riesgo percibido de incumplimiento es menor. La diferencia entre financiarse a tasas de grado inversor y tasas especulativas puede representar, a escala del endeudamiento público uruguayo, cientos de millones de dólares en intereses a lo largo de un ciclo de deuda.

El segundo efecto es institucional: fondos de pensiones, fondos soberanos y carteras institucionales tienen restricciones reglamentarias que les impiden invertir en deuda soberana con calificación inferior al grado inversor. Al mantenerse dentro de ese umbral, Uruguay permanece elegible para ese universo de inversores, ampliando la demanda por sus bonos y fortaleciendo la capacidad de colocación en mercados externos.

El stock de inversión extranjera directa acumulado en Uruguay alcanzó los 36.803 millones de dólares en 2024, equivalente al 45% del PIB. El índice Global Investment Risk and Resilience 2025, elaborado por Henley & Partners, posicionó al país como el más estable de América Latina para invertir, con 69,28 puntos en la categoría «perspectiva favorable».

Los sectores que absorbieron mayor volumen de inversión extranjera en el período reciente son la industria manufacturera con el 35% del total, el sector financiero y de seguros con el 31%, el comercio con el 17% y las actividades profesionales, científicas y técnicas con el 13%. Los principales países de origen son España, Finlandia, Argentina y Brasil, que en conjunto concentran más de la mitad del capital externo recibido. Entre las operaciones más significativas de los últimos años se cuentan la entrada de Chevron al bloque offshore Área OFF-1 y la adquisición de parques eólicos por parte de Pluspetrol por más de 150 millones de dólares.

Moody’s destacó explícitamente en sus fundamentos la aprobación de la reforma previsional uruguaya, que unificó el sistema en un régimen mixto de solidaridad intergeneracional y capitalización individual. Esa reforma fue interpretada por la agencia como evidencia de capacidad para implementar cambios estructurales con impacto sobre la sostenibilidad fiscal de largo plazo, un elemento que las calificadoras ponderan de manera diferenciada respecto de las medidas de ajuste coyuntural.

El conjunto de estos factores configura una posición crediticia que, según los propios informes de las agencias, refleja más una arquitectura institucional acumulada que decisiones de política de corto plazo. La continuidad del grado inversor a lo largo de más de una década, con gobiernos de distinta orientación y atravesando choques externos de distinta naturaleza, es el dato que las agencias utilizan con mayor frecuencia para proyectar estabilidad en sus perspectivas futuras.

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