Por Carlos Loría – redactor periodístico
El 31 de marzo de 2026, Oracle no anunció una reestructuración. Ejecutó un desahucio masivo por correo electrónico. Mientras la empresa reportaba un aumento del 95% en su beneficio neto, unos 30.000 trabajadores —el 18% de su plantilla global— amanecieron con un mensaje en la bandeja de entrada que decía, con la frialdad de un log de sistema, que «hoy es su último día laborable».
No hubo llamada. No hubo reunión. Los echaron por email.
La prensa especializada ha confirmado que la decisión responde a una estrategia financiera con nombre y apellido: financiar la expansión en inteligencia artificial. La firma de inversión TD Cowen estima que Oracle necesita destinar 156.000 millones de dólares a centros de datos para cumplir con sus contratos con OpenAI y Meta. Para hacer frente a ese agujero de financiación, la compañía está recortando personal, con el objetivo de liberar entre 8.000 y 10.000 millones de dólares en flujo de caja anual.
El patrón no es nuevo, pero alcanza aquí una crudeza ejemplar. Larry Ellison, cofundador de la compañía, posee una fortuna que ronda los 245.000 millones de dólares, lo que le convierte en la tercera persona más rica del mundo. Es dueño del 98% de la isla hawaiana de Lanai, comprada por 300 millones de dólares como quien adquiere una casa de vacaciones.
Mientras tanto, los testimonios de los afectados relatan cómo empleados con 26 o 29 años de antigüedad, o incluso un trabajador que enfrentaba un tratamiento contra el cáncer, fueron descartados sin una conversación.
La narrativa dominante de las últimas dos décadas vendió la ilusión del «capitalismo tecnológico» como un ascensor social: aprende a programar, mejora tus habilidades, y serás parte del futuro. La lección de Oracle es la cruda refutación de ese relato. No importa cuánto hayas aprendido ni cuánto hayas contribuido: si tu salario aparece como una línea de gasto en la hoja de cálculo de un proyecto de IA, serás eliminado con la misma automatización que ayudaste a construir.
En 2023, Amazon recortó 27.000 empleos mientras batía récords de ingresos; Google eliminó 12.000 puestos pese a tener más de 100.000 millones en efectivo. La inteligencia artificial no solo está automatizando tareas; está siendo utilizada como justificación para deshacerse de la fuerza laboral, concentrando la riqueza en la cúpula y la infraestructura física —los nuevos centros de datos— mientras se desmantela la infraestructura humana.
Lo ocurrido con Oracle es un aviso. La empresa ha demostrado que, en la lógica actual del mercado, el beneficio récord y la maximización del valor accionarial ya no requieren retener a los trabajadores. Al contrario, en el mundo de la IA, los empleados son vistos como un lastre financiero que puede ser «optimizado» mediante un correo masivo.
El signo de los tiempos es clarísimo: no estamos ante una empresa en quiebra que toma medidas dolorosas para sobrevivir. Estamos ante una empresa que, en su momento de mayor bonanza, ha decidido que la lealtad de sus trabajadores vale menos que el coste de un mensaje automatizado.
La pregunta que queda flotando tras esta semana no es si Oracle sobrevivirá a la era de la IA. Sobrevivirá y probablemente será más poderosa. La pregunta es qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando el despido masivo se convierte en la estrategia de gestión preferida en tiempos de bonanza, y cuando los arquitectos de ese futuro ni siquiera se toman la molestia de levantar el teléfono.
Oracle elimina hasta 30.000 puestos en todo el mundo para redirigir capital hacia infraestructura…
Mientras 30.000 familias de Oracle amanecían con un correo de despido, Larry Ellison seguía acumulando juguetes de superlujo. Su afición por los barcos viene de lejos —desde los años 90, cuando patrocinó al BMW Oracle Racing que ganó la Copa América de 2003— pero lo que hoy revela esa colección es mucho más que un pasatiempo de multimillonario: es un inventario de lo que se compra con el dinero de los despidos.
Su actual superyate, el Musashi, mide 88 metros y le costó 160 millones de dólares en 2011. El nombre es un homenaje a un samurái legendario, y el interior está impregnado de estética japonesa. Como si uno no bastara, su historial incluye el velero Sayonara, el superyate Katana de 75 metros, y su primer yate a motor, el Ronin, cuyo origen es un ejercicio de cinismo digno de análisis.
Ese Ronin fue antes el Izanami, un yate de 59 metros diseñado por Norman Foster, construido en Alemania y adquirido por Ellison por 25 millones de dólares. La diosa sintoísta de la creación y la muerte dio nombre al barco hasta que alguien advirtió que, leído al revés, «Izanami» se convertía en «I’m a Nazi».
La anécdota, que Ellison relata con desparpajo en su biografía autorizada, tiene dos capas de significado: primero, la frivolidad con la que un hombre de su fortuna encara hasta el más mínimo tropiezo —“cambio el nombre y ya está”—; segundo, la ironía de que un magnate que ahora destina 156.000 millones a centros de datos mientras liquida personal tuviera que esconder una marca tan incómoda.
Ellison vendió el Ronin en 2013. Hoy ese barco está en el mercado por 28,5 millones de euros, una fracción de lo que Oracle recortará en salarios con los despidos de 2026. Mientras tanto, el dueño original de la isla de Lanai —el tercer hombre más rico del mundo— sigue navegando entre yates con nombre de samurái, coleccionando embarcaciones como quien colecciona islas, y demostrando que, en su escala de prioridades, la tripulación de sus superyates está mejor protegida que los trabajadores que le hicieron ganar un 95% más de beneficios.
Hay algo profundamente obsceno en que un solo hombre posea una flota de barcos de lujo, una isla entera y una fortuna de 245.000 millones de dólares, y que a la vez considere que 30.000 empleados son un gasto prescindible. Pero no es obsceno por capricho: es obsceno por sistema. En la lógica del capitalismo de datos, los trabajadores se optimizan como código, mientras los objetos de deseo del fundador se convierten en museos flotantes que ningún despido parece poder hundir.