Hace unos meses el Gallego J. J Cornes me llamó que tenía un regalo para hacerme. Ayer me lo dió : un Winchester usado en Masoller. Un regalo que recibió cuando fue Edil en Tacuarembo y con la promesa de volver a darlo a los defensores del @_PNacional_ [//twitter.com/_PNacional_?ref_src=twsrc%5Etfw] . Tradición que seguirá por… pic.twitter.com/FbuP7Kljvo [//t.co/FbuP7Kljvo]
— Sebastian Da Silva (@camboue) March 26, 2026 [//twitter.com/camboue/status/2037198693917421905?ref_src=twsrc%5Etfw]
El senador del Partido Nacional, Sebastián Da Silva, recibió de regalo un rifle usado en la batalla de Masoller, un hecho histórico que marcó no solo al Partido Nacional, sino que además quedó plasmado en la historia de Uruguay.
«Hace unos meses el Gallego J. J Cornes me llamó que tenía un regalo para hacerme. Ayer me lo dió : un Winchester usado en Masoller», publicó Da Silva en su cuenta de X. «Fue un que recibió cuando fue Edil en Tacuarembo y con la promesa de volver a darlo a los defensores del Partido Nacional», agregó el legislador derechista.
«Tradición que seguirá por la eternidad. Muchas gracias», concretó Da SIlva, quien en otro tuit que conoce poco de armamento: «Yo la verdad no tengo mucha idea. Se que está divino y que nunca pensé un regalo así».
Lo que Da Silva no contó es que fue precisamente en la batalla de Masoller en que el caudillo del Partido Nacional, Aparicio Saravia, fue herido de gravedad y terminó por ser el fin de las insurrecciones de los blancos, logrando la pacificación del país a manos de José Batlle y Ordoñez.
La batalla de Masoller fue el enfrentamiento militar decisivo de la última guerra civil uruguaya, librada el 1° de septiembre de 1904 en el departamento de Rivera, cerca de la frontera con Brasil.
Por esos años, Uruguay vivía una profunda tensión entre el Partido Colorado, en el gobierno, y el Partido Nacional (blanco), que reclamaba participación en el poder y control de algunos departamentos del interior. En enero de 1904 estalló la insurrección blanca liderada por Aparicio Saravia, caudillo carismático que ya había encabezado levantamientos anteriores (1897).
El presidente José Batlle y Ordóñez, del PCy recién asumido, decidió no negociar y enfrentar militarmente la rebelión, a diferencia de gobiernos anteriores que habían cedido territorio político a los blancos.
Las fuerzas gubernamentales, al mando del general Justino Muniz, lograron acorralar al ejército revolucionario en la zona de Masoller. El combate fue intenso y tuvo una consecuencia inesperada que resultaría decisiva: Aparicio Saravia fue herido de gravedad durante el enfrentamiento. Murió días después, el 10 de septiembre de 1904, en territorio brasileño adonde había sido trasladado.
Sin su líder indiscutido, la revolución blanca se desarmó. Se firmó la Paz de Aceguá, que no reconocía las demandas de coparticipación política del Partido Nacional. Fue la primera vez en décadas que el Estado uruguayo ganaba una guerra civil sin hacer concesiones territoriales al bando perdedor.
Con esta derrota de los nacionalistas se consolidó el Estado central en todo el territorio nacional y se puso fin al caudillismo regional. Con la oposición armada totalmente derrotada, Batlle y Ordóñez pudo llevar adelante sus reformas sociales y económicas que transformaron Uruguay en el siglo XX.
Entre estas reformas modernizadoras, Batlle y Ordoñez pudo llevar adelante la instauración de la reforma laboral de 8 horas, el derecho al divorcio, la separación de la iglesia y el Estado (que es laico desde entonces), y se puso fin a las guerras civiles entre blancos y colorados.
Como consecuencia, en Uruguay también se estatizaron servicios esenciales: banca, seguros, frigoríficos, electricidad se convirtieron en servicios que tienen también un enfoque de acción social. El Estado pasó a ser un actor económico central que distribuía riqueza y empleos, reduciendo la dependencia de los ciudadanos respecto a los grandes propietarios rurales —base social del caudillismo blanco.
Aparicio Saravia es una figura ambivalente en la memoria uruguaya. Para el nacionalismo popular es un héroe y mártir; para la tradición batllista, fue el último obstáculo a la modernización del país. Su muerte en Masoller es, en cierto modo, el momento simbólico en que el Uruguay del siglo XIX se cierra y comienza el del XX.
La combinación de derrota militar en Masoller, inclusión política y transformación social produjo algo extraordinario para la región: Uruguay no volvió a tener una guerra civil. El país que había pasado casi todo el siglo XIX entre levantamientos armados ingresó al siglo XX como un laboratorio de democracia social, conocido internacionalmente como la Suiza de América.
Ese logro no fue solo mérito de Batlle, pero él fue quien tuvo la visión de entender que pacificar no era solo ganar una batalla, sino construir un Estado que hiciera innecesaria la violencia política.