La ópera prima de Sol Iglesias, «Los nadadores», se planta como la única cinta argentina en la selección oficial de este año. Realizada por un equipo sub-25, la película retrata una capital vecina azotada por una ola de calor eterna y el colapso social.
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En un contexto complejo para la cultura de la orilla vecina, el cine argentino encontró una embajadora impensada pero potente en el prestigioso Festival de Cine de Málaga. Se trata de Sol Iglesias, una directora que con apenas 22 años al momento del rodaje, logró llegar con su ópera prima, «Los nadadores», consagrandose como uno de los eventos más trascendentes de la industria hispana en el tiempo reciente.
Lo llamativo no es solo su juventud, sino la soledad de su participación: es la única producción nacional que logró la selección en esta edición. En conversación con Infobae, la realizadora contó la odisea de filmar una historia cargada de simbolismo político, autogestión y una atmósfera sofocante que parece dialogar inquietantemente con la realidad ambiental actual.
La trama nos sumerge en una Buenos Aires irreconocible y a la vez posible. La premisa es asfixiante: un verano que se ha estirado hasta lo imposible, rompiendo la cronología natural y sumiendo a la metrópolis en un caos climático.
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Al describir el escenario que plantea su ficción, Iglesias detalló con precisión el clima opresivo del film: “La película está situada en el día 368 de verano en una Buenos Aires apocalíptica donde hace tres días no llega la noche. Es una ciudad que quedó como abandonada porque toda la gente que pudo se exilió de esta ciudad por la ola de calor masiva, cortes de luz, calor extremo y un grupo de amigos que queda varado en esta ciudad sin tener a dónde ir, que deciden empezar a meterse en mansiones de gente adinerada que se fue del país para poder atravesar la ola de calor y meterse en las piletas al menos. Y nada, y es como una cosa medio, medio celestial que después se devela como un infierno también”.
Detrás de cámara, la historia de Los nadadores es también un relato de resistencia y trabajo colectivo. Lejos de los grandes tanques industriales, esta producción es el fruto del esfuerzo de una generación que se abre paso a los codazos.
El proceso no fue sencillo ni rápido. Llevó entre dos y tres años de edición y una búsqueda constante de recursos para finalizarla. “La filmamos todos con 22 años”, remarcó la directora sobre la edad del equipo técnico al iniciar el proyecto. Sobre la financiación, fue clara respecto al desafío que implicó: “Muchísima gente trabajando y dándole muchísimo amor a la película. Y nada, fue muy saber que íbamos a tener que buscar financiamiento por todos los lados que pudiésemos, más que nada para la postproducción y salir a buscarlo por mercados”.
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El hecho de ser la única pieza argentina en el certamen le otorga a Iglesias una visibilidad privilegiada, pero también una responsabilidad extra, especialmente en una coyuntura donde el sector audiovisual atraviesa momentos de desfinanciamiento y gran incertidumbre. Aunque el festival contó con otras proyecciones vinculadas a la región —como un trabajo con Natalia Oreiro o un documental sobre el cineasta Fabián Bielinsky—, la de Iglesias es la única en competencia oficial.
Al reflexionar sobre lo que significa este desembarco en España, la cineasta expresó: “Es muy especial, la verdad, que el festival nos haga el espacio, que nos incluya, que involucre a una peli tan pequeña, más en este momento, que la verdad es que siento que es un momento muy particular en el que nuestro cine necesita ser visto, necesita ser recibido en algún lugar, para poder también llegar a nuestro país, ¿no? En este momento donde es tan jodido llegar a la gente”. Asimismo, valoró la recepción del público ante una ópera prima: “Es tremendo que esté teniendo un buen recibimiento”.
Lejos de quedarse solo en lo cinematográfico, Sol Iglesias aprovechó la vidriera internacional de la alfombra roja para sentar postura sobre la crisis ambiental que golpea al sur del continente. Su vestuario no fue una elección al azar, sino un lienzo de protesta diseñado por Cecilia Giménez.
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La directora explicó el fuerte componente de denuncia que llevó en su vestido: “Es un vestido que dice Patagonia Arde y tiene en la falda una montada de fotografías de Jade Sívori, que es una fotógrafa de la Patagonia, que ahora mismo está siendo afectada por toda esta situación que se está dando, todos estos incendios. Me parecía que la alfombra roja del festival era el mejor lugar en el que se podía visibilizar esto”.
Para Iglesias, no hay una línea divisoria real entre la creación artística y el compromiso social. Su visión es tajante al respecto: “El arte es algo profundamente político, y que cualquier expresión artística es política porque está rodeada de una circunstancia. Entonces, aprovechar las plataformas, las obras para decir algo sobre el mundo, sobre el país que a uno lo rodea, ¿no? El contexto es algo ineludible siempre en una obra”.
Para cerrar, la joven realizadora reafirmó el rol del artista como un actor social que no puede mirar hacia otro lado: “Me parece que uno, como artista, tiene el deber de hablar sobre las cosas que le importan, sobre las cosas que le preocupan del mundo. Y siento que un espacio de visibilidad era necesario para hablar sobre, bueno, la Patagonia que está ardiendo y muchísimas otras cosas más que están ardiendo en este momento”.