Sebastián Canobra, la promesa rota del fútbol uruguayo, terminó en prisión tras destruir su tobillera electrónica y arrojarla sobre el techo de un local de comida rápida. La historia de un mediocampista que llegó a la final de un Mundial juvenil y cayó en las adicciones, la calle y ahora la cárcel.
Hay historias que el fútbol preferiría no contar es la de Sebastián Andrés Canobra Acosta es una de ellas. Con apenas 29 años, el exmediocampista que en 2011 integró la selección uruguaya Sub-17 que llegó a la final del Mundial de la categoría está hoy preso, cumpliendo noventa días de prisión preventiva por haber roto deliberadamente la tobillera electrónica que debía portar como medida cautelar en el marco de una causa judicial.
No solo eso: tras cortarla, la arrojó sobre el techo de un local de comida rápida en Maldonado. El gesto, cargado de una rebeldía que parece más desesperación que desafío, resume de alguna manera el largo desmoronamiento de una carrera que alguna vez brilló bajo los reflectores del fútbol joven.
La decisión fue adoptada por el Juzgado de 4º Turno de la ciudad de San Carlos, que ordenó su imputación formal y dispuso que la medida de privación de libertad se extendiera por noventa días. Para quienes siguieron el caso desde sus inicios, la noticia no sorprendió. Sorprendió, quizás, la crudeza del acto.
Canobra nació el 3 de noviembre de 1994. Creció en el fútbol uruguayo con la marca de los que parecen destinados a algo grande. Mediocampista de buen pie y visión de juego, encontró en las selecciones juveniles el escenario donde su talento se proyectó con más fuerza.
El punto más alto llegó en 2011, cuando Uruguay disputó la Copa Mundial Sub-17 de la FIFA y alcanzó la final. Canobra formó parte de ese equipo, el que puso a varios jugadores en la mira de clubes internacionales y generó expectativas genuinas sobre el futuro del fútbol celeste.
Sin embargo, el salto al profesionalismo no tuvo la curva ascendente que muchos esperaban. Canobra comenzó su carrera en Atenas, uno de los clubes tradicionales del interior uruguayo. Allí disputó catorce partidos de liga, no convirtió goles y vivió en carne propia el descenso del club a la segunda división. Su debut oficial se registra el 15 de marzo de 2015, en una victoria de Atenas por dos goles a uno frente a Wanderers. Un comienzo discreto para alguien que venía de haber jugado un Mundial.
En 2017 llegó un movimiento que llamó la atención por su destino: Canobra firmó por el Scherpenheuvel, club de Curazao. Lejos de los focos, lejos de Uruguay, el mediocampista intentó sostener una carrera que ya empezaba a mostrar fisuras. Los pasos por equipos vinculados a Peñarol y algunas experiencias en el exterior no lograron consolidar la proyección que su talento juvenil había prometido.
El punto de inflexión, según se conoció con el tiempo, fue una lesión de rodilla. En el fútbol, las rodillas son capítulos enteros de una biografía. Para muchos jugadores, una lesión grave no es solo un problema físico sino el comienzo de una crisis de identidad. Canobra no fue la excepción. Sin el fútbol como eje de su vida cotidiana, sin la estructura que el deporte profesional impone, comenzaron a aparecer los problemas que hoy lo tienen al otro lado de una reja.
Las adicciones llegaron con la discreción con que suelen llegar, y se instalaron con la brutalidad con que suelen quedarse. En 2024, la situación de Canobra saltó a la opinión pública cuando se supo que el exjugador se encontraba viviendo en situación de calle. La noticia generó conmoción en los ambientes futbolísticos uruguayos, no solo por lo que representaba en términos humanos sino porque ponía sobre la mesa una realidad incómoda: el fútbol forma, explota y muchas veces abandona.
La respuesta no tardó en llegar. La familia de Canobra se movilizó, y la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales tendió una mano concreta. Canobra ingresó a un proceso de rehabilitación. En declaraciones públicas, él mismo había manifestado su intención de recuperar estabilidad, encontrar trabajo y retomar el vínculo con el fútbol de alguna forma. Había esperanza, o al menos la apariencia de ella.