Cómo tres robots autónomos mapearon un tubo de lava en Lanzarote en simulación de misión lunar

Hace algunos años, se confirmo la existencia de conductos volcánicos vacíos debajo de la superficie de la Luna. Ahora, tres robots europeos ya descendieron a un tubo de lava en la Tierra: ensayo real para explorar cuevas en la Luna y Marte.

Un experimento de campo prueba una arquitectura robótica diseñada para acceder a cavidades subterráneas en otros cuerpos planetarios, uno de los principales desafíos pendientes de la exploración espacial.

El trabajo fue documentado en Science Robotics y consiste en un ensayo no simulado en un entorno extremo, oscuro, irregular y sin intervención humana directa.

Las misiones orbitales han identificado grandes tubos de lava en la Luna y Marte: túneles resultantes de antiguos flujos volcánicos que, al vaciarse, dejaron cavidades subterráneas de considerable tamaño. En la Tierra estas estructuras pueden extenderse cientos de metros y, debido a la menor gravedad en otros cuerpos, podrían ser aún mayores allí.

Bajo varios metros de roca la radiación se reduce, las variaciones térmicas se amortiguan y hay protección natural frente a micrometeoritos. En términos de supervivencia, una cueva ofrece ventajas claras frente a instalarse en superficie; sin embargo, el acceso humano inicial a estos espacios sería demasiado arriesgado.

El consorcio europeo, con liderazgo español, ha diseñado una arquitectura basada en la cooperación de tres máquinas con roles diferenciados. Primero cartografiaron la zona próxima a la entrada del tubo.

Luego un módulo cúbico dotado de sensores se liberó en el interior para recabar datos preliminares del entorno. A continuación, un róver descendió mediante un sistema de rapel, permitiendo acceder a tramos verticales inaccesibles para vehículos convencionales. Finalmente, el conjunto recorrió la cavidad generando modelos tridimensionales del interior.

No se trata solo de tecnología desplegada, sino de autonomía operativa: los robots deben decidir sin conexión continua con operadores en Tierra, condición imprescindible en misiones reales donde la comunicación sufre retrasos de varios minutos. Es decir, la prueba busca máquinas capaces de situarse y desplazarse por sí mismas en un entorno hostil, no vehículos controlados en tiempo real.

La elección de Lanzarote responde a su paisaje volcánico reciente, con tubos de lava accesibles y una geología que, salvando distancias, remite a regiones lunares o marcianas. El entorno es lo bastante extremo para desafiar a los robots pero lo suficientemente controlado para permitir repeticiones experimentales.

Allí se ensaya la idea de que la primera “mirada” humana a cavidades extraterrestres la efectuarán máquinas: robots que preparan el terreno, evalúan riesgos y elaboran mapas del subsuelo, como si inspeccionaran una mina antes de ingresar trabajadores.

Explorar cuevas es un paso previo a considerarlas como futuros hábitats. Antes de pensar en bases subterráneas en la Luna o refugios en Marte hay que determinar si las cavidades son estructuralmente estables, si existen riesgos de colapso, si hay sectores adecuados para construir o almacenar recursos.

Todo esto requiere datos detallados que solo pueden aportar misiones robóticas como la ensayada en Lanzarote.

Proyectos de este tipo colocan a Europa —y en particular a España— en un lugar estratégico aunque menos visible que los grandes lanzamientos espaciales: la preparación tecnológica para posibilitar la vida fuera de la Tierra.

No es cuestión de plantar banderas, sino de resolver problemas prácticos de supervivencia.

La colonización de la Luna o Marte probablemente no comenzará con ciudades bajo cúpulas transparentes, sino en espacios oscuros bajo la superficie, cartografiados por robots que hoy ya descienden a tubos de lava en una isla volcánica del Atlántico.

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