El Ministerio de Salud Pública (MSP) ha definido una estrategia centrada en desestimular el consumo de bebidas energizantes en menores de 18 años, priorizando este enfoque sobre medidas prohibitivas como la restricción de venta que fue evaluada con anterioridad.
La directora general de Salud de la institución, Fernanda Nozar, explicó que las acciones se orientan hacia la educación respecto a las posibles complicaciones que estas bebidas pueden provocar en dicho grupo etario. Las autoridades sanitarias mantienen un trabajo continuo en la regulación de los ingredientes que componen estos productos.
«Los contenidos de cafeína y de otras sustancias pueden generar reacciones corporales o disminuir los umbrales de respuesta que generen complicaciones», afirmó Nozar. La directora agregó que el MSP ejecuta un control estricto de los máximos permitidos en el territorio nacional, conforme al marco regulatorio vigente desde la comercialización de estos productos, y analiza de forma sistemática la eventual necesidad de reducir dichos umbrales. Este monitoreo constante configura el eje de la política sanitaria al respecto.
En el mismo sentido, Nozar señaló la coexistencia del interés de la industria de incorporar nuevos alimentos y bebidas al mercado con la obligación del MSP de ejercer los controles correspondientes. «No estamos planteando subir los umbrales de contenido, sino a la inversa», afirmó la jerarca. Esta postura institucional refleja una precaución basada en el análisis técnico de los componentes y sus potenciales efectos.
El consumo de bebidas energizantes presenta una marcada estacionalidad, extendiéndose notablemente durante el verano. En este período, los jóvenes suelen utilizarlas para mantenerse despiertos durante largas horas en fiestas y eventos nocturnos. El psicólogo especializado en sustancias psicoactivas en el sistema nervioso, Paul Ruiz, reiteró los riesgos de la cafeína en el desarrollo de los adolescentes, enfatizando los peligros asociados a su ingesta.
Ruiz advirtió sobre una particular falta de regulación en lo referente a los menores de edad, indicando que estas bebidas se comercializan en matinés destinadas a adolescentes, donde la venta de alcohol no está permitida. El especialista también alertó sobre la presencia de estos productos en cantinas de instituciones educativas de nivel secundario, lo que facilita su acceso.
Adicionalmente, Ruiz explicó que la actual reglamentación bromatológica autoriza la venta de energizantes con contenidos de hasta 200 mg de cafeína. El psicólogo señaló que una modificación normativa en sentido contrario al planteado por las autoridades sanitarias podría habilitar bebidas con una concentración mayor, lo que potenciaría el efecto negativo en su consumo por parte de la población adolescente.
Las bebidas energizantes generalmente contienen niveles elevados de cafeína, que pueden oscilar entre 80 y 300 miligramos por lata, junto con cantidades significativas de azúcar y otros compuestos estimulantes como taurina o extracto de guaraná. Esta combinación de sustancias representa riesgos significativos para la salud de los adolescentes, según la evidencia científica recopilada por entidades internacionales. Organizaciones como la Academia Americana de Pediatría recomiendan que niños y adolescentes eviten su consumo de manera completa.
Entre los principales riesgos identificados se encuentran las complicaciones cardiovasculares. El consumo puede provocar un aumento de la frecuencia cardíaca y de la presión arterial, elevando el riesgo de arritmias o taquicardias. En situaciones extremas, y particularmente en adolescentes con condiciones cardíacas preexistentes no diagnosticadas, puede derivar en crisis hipertensivas, convulsiones o paro cardíaco repentino. La mayor sensibilidad del sistema cardiovascular en desarrollo amplifica esta vulnerabilidad.
El impacto en la salud mental constituye otra área de preocupación. La ingesta se asocia con un aumento de manifestaciones de ansiedad, depresión, irritabilidad, agresividad y distress psicológico. Algunos estudios epidemiológicos han identificado un mayor riesgo de pensamientos e intentos suicidas, con una incidencia particular en varones adolescentes. Asimismo, se reportan problemas de concentración y una reducción en el rendimiento académico vinculados al consumo.
Los estimulantes presentes en estas bebidas generan frecuentemente problemas en los patrones de sueño. El insomnio, la fatiga crónica y una alteración general en la calidad del descanso son consecuencias comunes documentadas. Este círculo vicioso, donde el consumo para mantenerse despierto deriva en un sueño deficiente que a su vez fomenta mayor consumo, es un patrón de riesgo. Existe además la posibilidad de desarrollar dependencia, con la aparición de síntomas de abstinencia al intentar suspender la ingesta, en un cuadro análogo a otras adicciones.
Los efectos físicos generales abarcan una sintomatología diversa que incluye cefaleas, dolor estomacal, diarrea, mareos y deshidratación. El alto contenido de azúcares contribuye al aumento del riesgo de obesidad y sobrepeso en esta población, con las comorbilidades metabólicas asociadas. La salud dental también se ve comprometida, con una mayor probabilidad de desarrollar caries y erosión del esmalte debido a la acidez y concentración de azúcar.
Un riesgo adicional de gravedad considerado por los especialistas es la combinación con bebidas alcohólicas. Esta práctica, común en entornos sociales, enmascara los efectos depresores del alcohol, lo que puede llevar a una intoxicación no percibida, aumentar el consumo etílico y elevar la probabilidad de accidentes, sobredosis o conductas de riesgo como prácticas sexuales sin protección o la conducción de vehículos. Incluso un consumo esporádico, como una lata al mes, se ha correlacionado en estudios con mayores problemas metabólicos y endocrinos a largo plazo en adolescentes.